Robocop de Paul Verhoeven

Al momento de escribir esto, se celebran treinta años del estreno de Robocop, la que quizás sea la película favorita de muchos. El trabajo de Verhoeven en Estados Unidos es de mis predilectos, y es un icono mundial del cine de genero. Porque Verhoeven usa la ciencia ficción para acusar a la sociedad y sus vicios.

Robocop se ha transformado en una película por donde el tiempo no pasa, un diamante pulido que parece más brillante cada vez que se ve. Para los que aún no han visto esta obra maestra –y que en parte los envidio- Robocop puede que no esté en sus prioridades cinéfilas, pero les imploro que se den el tiempo de apreciar el nivel de detalles y lecturas que es capaz de dar Paul Verhoeven en esos 102 minutos de acción visceral y que el director holandés no se guardó nada por más grotesco que sea lo mostrado en pantalla.

El mundo en que se desarrolla Robocop es el mundo donde el neoliberalismo de la derecha política estadounidense ha ganado. Se vive en un estado de paranoia constante y los intereses privados se han convertido en las leyes a seguir. Vemos como en este mundo, OCP presiona al gobierno de la ciudad de Detroit privatizar la policía, como seguramente ya ha hecho con otras necesidades básicas. Tal como dice Dick Jones por ahí, OCP ya domina un sinnúmero de servicios y la seguridad ciudadana es el siguiente paso –eventualmente en la saga privatizaran la cuidad completa, dándonos Delta City– y qué importa si ED-209 tiene pequeños fallos. El objetivo es hacerse con el contrato. El objetivo es hacer dinero.

Robocop es la privatización del ser humano, una lucha constante que se muestra en el film por parte del protagonista, las búsqueda por saber quién realmente fue antes de que se pierda como un producto más, como define ese tiburón que es Bob Morton. Alex Murphy es un Jesucristo norteamericano que ha sido crucificado por la banda de Clarence Boddicker de la manera más cruel posible, y puede que quedarse muerto haya sido el camino más fácil para el policía, pero su involuntaria resurrección, su búsqueda personal y la toma de las armas –Norteamérica sin armas no es Norteamérica-  terminan en la recuperación de lo único que OCP no ha podido patentar y manufacturar: su alma.

La banda sonora de Basil Poledouris, una mezcla entre lo electrónico, lo militar y la angustia, nos termina de vender el viaje de Murphy a través de este sintético y sangriento nuevo testamento, con escenas memorables y frases que se quedan grabadas en el acero. Por qué en Robocop sobran “one-liners” y los que llevamos viendo el film hace tanto, nos hemos apoderado de ellas como si fueran nuestras.

Robocop es un clásico y se ha ganado ese estatus merecidamente, porque es tan entretenida como cerebral. Exuda acción pero también crítica y sátira a lo que era una simple tendencia en su época de estreno y  que ahora es el orden imperante. Porque ahora todo le pertenece a algo o a alguien. Todo tiene dueño y si no lo tiene no sirve. Vivimos bombardeados por la paranoia, el miedo a enfermar, a que los norcoreanos se enojen de verdad o alguien en el medio oriente sienta la necesidad de atacarnos. Tenemos pequeñas pausas para descansar y entretenernos un poco – I’d buy that for a dollar!– pero nuevamente nos recuerdan que los índices de crímenes están altos o que tal vez deberíamos comprar un auto para sentirnos libres.

Esa es Robocop, tan profética como entretenida. Tan necesaria en el pasado como lo es ahora. Tan vigente y necesaria. Y con uno de los finales más satisfactorios del séptimo arte.

-Nice shooting, son. What’s your name?

-Murphy.

Ruedan créditos con la música de Poledouris.

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